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En esta página,
vamos a ir añadiendo diferentes relatos que conforman uno de los próximos
números de los folletos de solidaridad que editamos. Sirva este adelanto para
ir abriendo boca. Son relatos escritos por misioneros y por gentes de allá. Si
deseáis volver a la página inicial, podéis pinchar en la flecha.

ZACARÍAS
Begotxu
de La Torre
Montalvo,
Los Ríos (Ecuador)
Hay una historia que, por ser tan sencilla, está grabada en mi memoria
como una sensación de alegría aunque es la historia de una muerte. Os la voy a
contar.
Una tarde que estaba sola en Montalvo vino a buscarme Jorge Luis,
un colaborador médico y gran amigo, para pedirme que llevara con urgencia a
Zacarías al hospital de Babahoyo. Me dijo que vivía sólo y no tenía dinero
para fletar un carro así es que me puse en camino como hacíamos tantas veces.
Pero esta vez fue distinto pues íbamos los dos solos sin familiares que lo
acompañaran.
Llegamos al hospital conversando y
conociéndonos un poco y en urgencias nos atendieron de inmediato, me mandaron a
buscar hielo y al volver del mandado vi que Zacarías estaba tumbado en la
camilla y que había fallecido sin que nadie se percatara de ello. ¿Qué hago
ahora?. ¿Cómo me lo llevo a casa de vuelta?. Fui corriendo a pedir ayuda a
Nela que era la experta en estas situaciones y con ella conseguí algo parecido
a una caja de frutas en versión féretro, cambié mi jeep por una pickup, y con
mi Zacarías en el balde me volví para Montalvo.
El viaje de vuelta fue un ejercicio en
solitario de improvisación. Como era ya de noche y sabía que no tenía familia
pues pensé en poner la caja en la sacristía, hacerle un rezadito y dejarlo al
cuidado de la iglesia hasta el día siguiente que buscaría al enterrador y tras
un funeral "privado" lo llevaríamos al cementerio.
Al llegar dejé el
carro en el garaje, con Zacarías a bordo no lo podía dejar en la calle, y me
fui a contarle a Jorge Luis lo ocurrido. Él no se asombró demasiado pues conocía
la gravedad del caso pero me hizo acompañarle al barrio donde vivía Zacarías
para decírselo a los vecinos. El lugar era pobre y la casa de Zacarías un
cuartito pero la reacción de los vecinos fue grande y toda la calle se convirtió
en una gran casa. Descolgaron una puerta y con dos taburetes hicieron un
catafalco para poner la caja que por supuesto forraron con una sencilla tela por
dentro y por fuera. Vistieron el cadáver con su mejor camisa y pantalón. En
unos momentos convirtieron lo que parecía pobre y triste en algo vivo y bello.
Encendieron luces de keroseno, hicieron café y buscaron unas galletas para
acompañarlo.
Aquella noche, sola en casa, no podía
acabar de creer la demostración de solidaridad y hermanamiento que acababa de
presenciar. Aquel velatorio fue tan entrañable que se me ha quedado grabado en
ese lugar donde se guardan las imágenes imborrables.
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EL
MISIONERO SEGLAR, FE EN LA PROVIDENCIA
Jesús
Zalbidea
Arenillas,
El Oro (Ecuador)
Soy Jesús Zalbidea Alcibar. Sacerdote. Párroco de Arenillas, El Oro.
Llevo un año pasadito en el Ecuador y creo que por primera vez, en mucho
tiempo, me siento triste.
Son los primeros días del mes de enero del año 2002.
El matrimonio Ernesto Izaga y Pili Abad, están ultimando los
preparativos, para se regreso a Euskadi: pasaportes, pasajes... Prontito, harán
las maletas y su estancia y su vida en Ecuador, habrá terminado. Ernesto lleva
23 años trabajando en este país. Pili 15. Tienen dos niñas: Shuyana de tres años,
Amalur de once meses. Ambas han nacido en esta tierra. Pensaban continuar su
labor aquí hasta mediados del año 2003. Ernesto y Pili tienen cincuenta y
treinta y seis años respectivamente y se sentían jóvenes... hasta hace poco.
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Él, y de este hace muchos años, tenía 27, cuando pisó esta bendita
tierra. Era sacerdote. Había nacido en el pueblecito alavés de Sarria. Estudió
en el Seminario de Vitoria. Ordenado presbítero, trabajó dos años en la zona
pastoral de Araya.
La Buena Noticia de la Bondad de Dios para con todos los hombres y
mujeres, en la que cree ciegamente, le lleva a querer comunicarla personalmente
a gentes de otros países, que seguramente la necesitan más que los alaveses de
Araya. Lo deja todo y se viene al Ecuador con el Grupo Misionero Vasco.
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Shuyana |
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Durante muchos años, con sus compañeros misioneros, "patea" noche y
día diversas parroquias de Manabí y Los Ríos. Camina. Cabalga. Conduce. Lucha
por rescatar, a partir de la Palabra de Dios, la dignidad humana de personas que
se sienten pisadas por la vida. Promueve el análisis de la realidad, a nivel
personal, social y político, para conseguir personas que no se dejen manipular.
Crea grupos organizados y Comunidades Eclesiales de Base que en continua acción
y reflexión, intentan transformarse y transformar la realidad. Pone en
funcionamiento granjas y tiendas comunitarias, con el objeto de hacer producir y
administrar mejor, los escasos recursos de los pobres. Forma catequistas.
Atiende a enfermos. Celebra la Fe de la comunidad en innumerables misas, en
distantes y humildes recintos. Reconcilia a personas entre sí y con Diosito. Así
17 años.
También vive en el Ecuador por esos años, la misionera seglar
vitoriana, Pili Abad. Lleva 9 en el Grupo Misionero Vasco. Trabajadora
infatigable. Promotora de DD.HH. y Pastoral Social. Cursos y talleres de
alimentación. Innumerables labores de acompañamiento en la salud a todo tipo
de personas. Luchadora por la dignidad de la mujer. Y en todo caso sus
preferidos los pobres: Ella, no ha recorrido tantos miles de kilómetros, dejándolo
todo, para perder el tiempo con personas que de verdad, no la necesitan. Hace de
todo. Menos celebrar la Eucaristía y
el Sacramento del perdón.
Ernesto y ella se conocen. Se enamoran. Se casan. Él tiene 44 años.
Ella 30. Están con lo puesto.
La situación de Ernesto de sacerdote casado, no es contemplada como
propia del misionero diocesano, y con profundo dolor, después de tantos años
de acción pastoral conjunta, con personas que conocen y consideran compañeros
inseparables, tienen que romper el trabajar con ellos.
¿Qué hará esta pareja? ¿Volverá a Euskadi, puesto que ya no existe
el cordón que les une al Grupo Misionero Vasco y buscará el pan y la seguridad
para sí y su familia? O ¿intentará establecerse aquí mismo, dada su
preparación y su capacidad para relacionarse con unos y con otros? ¿Quién
hubiera podido recriminarles nada? ¿no es esto, lo que casi todos hacemos?
Ellos no.
Ellos confían en la Providencia. En el Dios a quien predican. Les puede
el amor y la compasión a esta gente que tan bien conocen y tanto aman. Siguen
trabajando de misioneros. Lejos de sus hermanos vascos. En la Diócesis de
Riobamba. Provincia del Chimborazo.
Pasan cuatro años.
Por su labor bien realizada y debido a que los compañeros misioneros
vascos no les olvidan, son readmitidos en el Grupo Misionero Vasco. Trabajarán
en la Provincia de El Oro.
Ya les ha nacido su primera hija: Shuyana. Esperan a la segunda, Amalur.
En septiembre del 2001, comienzo yo, sacerdote que a los 62 años comete
la temeridad de venir a misiones, a integrarme en el equipo que en Arenillas lo
forman Ernesto, Pili y Elena Fernández de Castillo (otra misionera seglar
alavesa). Comienza mi aprendizaje de ser sacerdote en el Ecuador. La dedicación
y el trabajo de mis compañeros son admirables. Su conocimiento de la misión,
también. Estamos viviendo juntos. En familia. Todo es increíblemente bonito
con ellos.
Y fácil. Estoy entusiasmado.
Un buen día se comenzaron unas obras de adecentamiento en la Casa
Comunitaria: centro de reunión de las Comunidades Eclesiales de Base de
Arenillas, Huaquillas, Santa Rosa y Las Lajas. Ernesto que quiere estar en todo,
echa mano de un saco de comento, y en un mal movimiento, se le produce una doble
hernia discal. Después de meses intentando la recuperación, su enfermedad
empeora. Según los especialistas de aquí, no tiene operación que le cure. Difícilmente
se mantiene en pie. Menos puede coger a sus hijitas en brazos.
Ernesto y Pili, están ultimando los preparativos para su regreso a
Euskadi. Ahora sí, a rehacer su salud... y su vida.
Elena y yo no podemos alejar de nosotros un sentimiento de preocupación
y tristeza. Ojalá no se nos caiga encima la enorme casa que es el convento
parroquial.
Querido/a lector/a, aquí termino mi relato. Pero la historia continua.
Ahí. Cerca de ti. En el pueblecito Sarría de Araba. Si quieres, puedes conocer
a Ernesto. A Pili. A Shuyana. Y a Amalur. Y a través de ellos, un mundo y una
tierra que es de Dios, pero que algunos piensan que es suya y maltratan. A través
de ellos, podrás también conocer a unos hombres y unas mujeres, que lejos de
ti, ríen y lloran, cantan y bailan, sufren y callan, trabajan y luchan, soñando
que algún día, todos los hijos e hijas de Dios, poseerán, también la tierra.
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PADRECITO,
¿USTED ES RICO?
José
Luis Casla
Bahía
de Caráquez, Manabí (Ecuador)
La verdad es que uno tiene sus pequeñas experiencias acerca de cómo ha
ido aprendiendo las cosas, que no siempre coinciden con la manera como te las
han querido enseñar.
Hay recuerdos que a uno le acompañan, por ejemplo en el aprendizaje de
las cosas de Dios, que aunque por delante, siempre te dicen, que Dios es un
misterio, a la hora de la enseñanza, descubres que los "enseñadores" han
acentuado tanto los puntos concretos, que al final si no te aclarabas el
misterio, era porque no distinguías bien la diferencia entre lo que decía
Cayetano y Ripalda. Como que Dios estuviera allá...
Afortunadamente, la experiencia de Dios te va llegando por otros muchos
caminos. Sin duda alguna, que el paso
por las Misiones Diocesanas en Ecuador, que es la experiencia de la que puedo
hablar, ofrece oportunidades a montones, en este sentido.
Y si algún matiz especial pudieran tener las experiencias vividas en ese
entrañable pueblo, sería sin duda alguna, la del Dios de los pobres, que
irrumpe en las vidas de todos los que allá quieren compartir su fe, con tantas
personas sencillas con las que te encuentras.
Ese Dios no está encasillado en nada ni en nadie, como no lo estaba el
Dios de los estudios, en la diferencia entre Cayetano y Ripalda. Yo lo he visto
en el rostro sonriente de tantos niños y niñas que formaron parte durante años,
de mi propio caminar de fe, emergiendo a través de tanta pobreza y necesidad,
sorprendiéndome con sus preguntas y sus afirmaciones.
Y una frase de estos niños, en ocasiones, era un repaso profundo a todo
un tratado de teología.
La pobreza y la riqueza, se convierten allá, más que en ninguna otra
parte, en elementos radicales pero desproporcionados, de esa realidad social,
cultural y humana, con la que nos encontramos, todos los que llegamos desde
fuera.
Y alguien dijo, que son los pobres los que nos evangelizan. Y en mi opinión,
acertó.
Y alguien quiso poner límite a esa evangelización, exigiéndoles pasar
por la comunidad. Y en mi opinión, se equivocó.
Los pobres estaban allá, antes que llegáramos nosotros, siguen estando
allá, y según Jesús, seguirán estando allá después que nos hayan
evangelizado a nosotros.
Pretender que los que nos evangelizan, son los de la comunidad de arriba
o la de abajo, los que se apuntan a las reuniones o no, es tratar de volver a
poner en Cayetano y Ripalda, el meollo de la cuestión.
Y he querido contar todo esto, para poder explicar el contexto en el que
sucede, una de esas dejaditas al
ancho, con las que Dios sabía
jugar sus encuentros.
La Catequesis en mi parroquia, se iniciaba a las tres de la tarde.
Desde media hora antes, iban llegando los niños y niñas que llenarían los
grupos. Era media hora de algarabía y de auténtica invasión, donde la hamaca,
las sillas, las mesas, eran acaparados por los primeros en llegar. La única
norma que hacía respetar, era evitar las peleas. Y no siempre lo conseguía...
Cuando no alcanzaban a ocupar la hamaca, porque otros habían llegado
antes, o las sillas estaban ya con un 200% de ocupación, a veces eran mis
brazos, mis manos, el objeto de su acaparamiento. Mis esfuerzos por soltarme,
solían resultar infructuosos a no ser que el intento fuera acompañado de una
"supuesta necesidad": Que tengo que coger ese libro... que voy a poner esto
en el cajón... etc.
Uno de esos días, uno de mis brazos fue acaparado por una chiquita de 8
o 9 años. Lo había conseguido para ella sola, y apretaba para no perderlo...
Y en eso me dice: Padrecito, Ud. es rico ¡?
No supe acertar si era pregunta o afirmación.
Opté por entenderlo como pregunta, aunque aquello sonaba a pregunta de examen...
Nooo... Cómo va a pensar... Qué voy a ser rico...
Y empezaron mis argumentos.
Vea.
Esta casa no es mía. Es para que vivan los padrecitos, sea el que sea, y cuando
yo me vaya, aquí se quedará.
Lo mismo pasa con el carro. Ese carrito que está a la puerta, tampoco es
mío. Es para que el padrecito que esté aquí, pueda ir hasta todos los lugares
donde hay otros niños. Cuando yo me vaya, también se quedará aquí.
Y no digamos nada. La Iglesia no es mía. Es de todas las personas del
pueblo para poder rezarle a Dios. Yo estoy encargado de cuidarla, pero no es mía...
Tampoco tengo plata. Las limosnas de la gente no son para mí. Son para
poder comprar las cosas que hacen falta en la Iglesia...
Ya ve, no tengo tantas cosas...
Me entendió o no, quién sabe, porque ella insistió:
Pero Ud. es rico...
Ya no sonaba tanto a pregunta. Ya era decisión tomada. Yo era rico, sin
derecho de apelación.
Pero bueno era yo para resignarme en aquella pelea, sin saber que la tenía
desde el comienzo perdida.
Que no... que yo no soy rico... que todas estas cosas no son mías... que
aunque parezca lo contrario, todo esto no es mío...
Sí... pero Ud. es rico... porque tiene dos camisas. Ayer cargaba una
verdecita, y hoy tiene una cremita...
Y apretando un poco más mi brazo, añadió:
Y es mi amigo, verdad?
... (muchos puntos
suspensivos).
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Mariví
Lecea
Luanda
(Angola)
África
no es la tierra de las moscas y de las legañas, de la sed y de la
miseria. Es verdad que su rostro está curtido por el dolor, pero en sus
ojos se refleja la profunda grandeza de su espíritu.
Son diversas las miradas que se fijan en ella. Mientras unas ven hombres y
mujeres laborios@s, alegres o nostálgic@s, otras, en cambio, ven personas
cuyo semblante está marcado por la crudeza de la vida llevada casi hasta
la locura. Hay quien ve ríos, selvas y desiertos de película, pero también
en ella se presencia el devastador efecto del egoísmo del ser humano en
la naturaleza. Y, en medio de todo, se ve su luz, una luz que recorre el
continente africano de punta a punta, iluminando todos sus rincones,
descubriendo y transformando sus pertenencias.
Todo lo que África ofrece – el contraste entre largos y caudalosos ríos
y extensas y muchas veces cuarteadas llanuras, frondosos bosques y selvas
salpicados de variopintos animales, desiertos peinados de dunas,
misteriosos y espectaculares lagos sobre los que se suspende la bruma, músicas
que transforman en sonidos las raíces más profundas de sus etnias,
danzas con movimientos rítmicos que le toman el pulso a la vida, cuentos
y leyendas narrados con auténtica maestría durante largas veladas en las
que l@s oyentes escuchan, sentad@s al calor de una hoguera, con sus caras
atentas y expectantes iluminadas por la luz del fuego,… -, todo esto lo
lleva África con orgullo en su frente.
Para conocer África hay que regresar a sus orígenes, remover sus
entrañas y, sobre todo, acercarse, caminar y escuchar la vida de sus
gentes. Por eso, hoy os invito a que cerréis los ojos y viajéis conmigo.
Pongamos rumbo al sudoeste del continente africano y trasladémonos
mentalmente hasta llegar a nuestro destino, uno de sus países más emblemáticos:
Angola.
Allí nos espera al protagonista de esta historia. El primer nombre que
escucharon sus oídos fue "Fermín", aunque sus nuevos padres se lo
cambiaron a los pocos días de nacer.
Su
estreno por este mundo fue un tanto tortuoso, pero él mismo se va a
encargar de contárnoslo: |
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"Amanecía
un nuevo día. Era el 16 de
diciembre del año 1999 y
parece ser que por fin me había decidido a dejar la comodidad y seguridad
de ese vientre cuyo rostro nunca llegué a ver.
No
sé exactamente cómo fue mi nacimiento.
Algo que sí sé es que mi historia comenzó cuando llegué al
mundo entre un montón de basura, en un barrio periférico de la ciudad de
Luanda, la capital de Angola. Ignoro
también cuáles fueron las circunstancias que condujeron a que mi debut
en esta vida se produjese en uno de los escenarios más atroces e
inhumanos de la Tierra: un
insalubre y hediondo vertedero de suburbio, que normalmente marca un
destino final, el de los despojos
de las cosas, y no un principio, y menos que nada el de un ser humano.
No sé si algún día llegaré a entenderlo o, si lo hago, si la
vida me enseñará algún día a justificarlo. |
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Ya
véis que conozco el "cuándo" y el "dónde", pero también sé
que lo más probable es que nunca llegaré a saber el "cómo" y el
"porqué". Y, por encima
de todas las cosas, tampoco lo más importante: " quién".
¡Cuántas preguntas me gustaría haberle podido hacer a mi madre
desconocida, a aquélla que me engendró y que me llevó en su seno
durante nueve meses!:
…¿Quién
eres? ¿Vives cerca de mí? ¿Cuántos años tienes?… ¿Por qué me
abandonaste y me dejaste allí como si fuese un desperdicio?…
…¿Quién
es mi padre? ¿Cómo te llevas con él, si es que te llevas? ¿Le quieres?
¿Tengo herman@s?… ¿Por qué lo hiciste?…
…
¿Sufriste mucho? ¿Qué pasó exactamente?¿Te obligaron? ¿Fue por vergüenza?
¿Fue por falta de dinero?… ¿Por qué me tiraste como a un
desecho?…
...
¿Por qué no querías ser mi
madre? O,...¿ en el fondo sí que querías serlo? ¿Piensas alguna vez en
mí? ¿Desearías que todo hubiese sido diferente? Seguro que sí, y yo
también.
...
Y ¿sabes? A mí no me hubiese importado que fueses pobre, o que la vida
fuese dura contigo y conmigo, con nosotr@s.
...
Yo tan sólo quiero tu cariño. Seguro que te hubiese entendido y que junt@s,
mucho o poco tiempo, habríamos sabido darnos ese amor de madre y de
hijo...
...
Mamá, estés donde estés, yo te perdono y... te quiero.
Así
que, como os cuento, como quien no quiere la cosa, aparecí entre la
basura. Mi cuerpecillo recién abierto al mundo comenzaba a sentir la
dureza de la vida con la que empezaba a enfrentarse. Allí estaba yo, en
la más fétida de las soledades, rompiendo la pestilencia con mis
sollozos, que reivindicaban el derecho a vivir y el derecho a ser amado.
Mi
llanto debió ser muy alto y persistente, porque logró elevarse por
encima de esa enorme inerte marabunta de desperdicios y encontrar ayuda.
Sí, alguien me oyó. Sí,
alguien con rostro de mujer y entrañas de misericordia hizo un alto en su
camino y se acercó para examinar de cerca aquello que se movía entre la
basura y que parecía tener vida. Sí,
alguien que, al verme allí abandonado e indefenso, me salvó cogiéndome
entre sus brazos.
Las
siguientes horas del prólogo de mi vida se sumergen de nuevo en otra de
sus etapas difusas. No
recuerdo detalles concretos, pero sí una reconfortante sensación de
calor. No me refiero al calor físico del ambiente, sino al calor que
irradia de gente como Isabel, esa señora que trabajaba en la policía y
que, al verme, había decidido llevarme a un centro de salud para que me
diesen los primeros auxilios.
Fuimos
junt@s hasta Precol, uno de los barrios de Luanda,
concretamente a la Parroquia de "Nª Sª das Gra¸as", donde el
grupo de Misiones Diocesanas Vascas lleva trabajando muchos años.
Allí
me encontré con cariño y atención por todos los lados. A veces es muy
difícil poner palabras a ciertos sentimientos y emociones. Parece como si el lenguaje, tanto el oral como el escrito, en
vez de ayudar, limitasen demasiado su contenido.
Estoy seguro de que tod@s habréis tenido experiencias que seríais
incapaces de transmitir verbalmente. Hay ciertas situaciones en la vida
que hay que vivirlas para entenderlas.
Este es mi caso aquí. Sin
embargo, de alguna manera
quiero tratar de transmitir ese cúmulo de sensaciones, llenas de tanto y
tan rico, que sentí.
Os
cuento una anécdota de aquel primer día de mi vida.
No sé exactamente porqué, pero recuerdo de manera especial unos
brazos que me sostuvieron durante unos instantes, los de una misionera que
trabajaba en ese centro de salud. Sentí
su mirada profunda llena de una mezcla de dolor e impotencia. Unas lágrimas
querían asomar por aquellos ojos que de alguna manera intentaban entender
el absurdo del desamor en esta vida. No buscaba un culpable, tampoco
juzgaba. Sólo sentía, y su corazón se comprimía acongojado ante otra
de tantas situaciones de injusticia que toca vivir sobre todo a l@s más
pobres, a l@s más indefens@s. Pero, en medio de todo, yo sentí su Amor
hecho Calor, hecho Caricia, hecho Beso, hecho Palabra,...
Aquella
tarde mi vida dio otro giro y encontré a la que sería mi verdadera
familia. Isabel, la mujer que me había asistido llevándome hasta la Misión,
había vivido en este último año el dolor que conlleva la pérdida de un
hijo. En su caso, ni siquiera había tenido tiempo de verle nacer.
No había visto su carita, ni tampoco había escuchado el sonido de
su llanto. Desconocía el
regalo de su sonrisa. Esos últimos meses habían sido especialmente duros
para ella y para su marido. En
África, quizá de manera especial, cada hij@ que nace es una bendición
de Dios. Para unos padres no debe haber dolor más grande que el de ser
testigos de la muerte de un/a hij@.
Así
que, a pesar de llevar la carga de este triste acontecimiento sobre sus
espaldas, ambos vieron a ese hijo que nunca conocieron reflejado en mí y
de nuevo sus corazones volvieron a latir con alegría.
En cuanto a mí, ¡qué suerte tuve!, ¿no creéis?. Me ofrecieron
la posibilidad de tener una madre, un
padre, un hogar: su hogar. Se trataba de una familia sencilla en un
barrio pobre, donde las condiciones eran precarias. Sin embargo, nada de
eso supuso impedimento alguno para esta pareja a la hora de ofrecerme
formar parte de su familia. Al
contrario, todo fue acogida, ilusión, bienvenida y acción de gracias.
Y
así, en un mismo día, la vida me volvió a ofrecer una nueva oportunidad
para nacer, pero esta vez en un mundo que hablaba de Amor."
Los
días fueron pasando y se acercaba la Navidad, unas fechas que gracias a
Fermín recobraron todo su sentido, pues él encarnaba perfectamente a ese
Niño Jesús que continúa en nuestros días haciéndose pequeño y
eligiendo a l@s más pobres entre l@s pobres para volver a nacer.
¡FELIZ
NAVIDAD!
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DIGNA
Puri
Biain
Montalvo
(Los Ríos) Ecuador
Digna era muy jovencita, única hija mujer en una familia de cuatro
hijos varones. La mamá, Maura, vivía en la Ciudadela “Campoelías Peñaherrera”
de Montalvo, provincia de Los Ríos, Ecuador. Ironías de la vida: nada
tienen que ver las ciudadelas acomodadas de las grandes urbes con estas
otras hechas de casas de caña, algunas de cemento, ninguna comodidad y
muchos niños en la calle, aunque se llamen igual. Félix, el papá, vivía
en el recinto de “La Nena”, en un lugar apartadito, no junto al
carretero.
Digna fue catequista en un grupo muy mixturiadito donde había personas
desde los 15 hasta los 60 años de edad o más. La recuerdo sonriente,
entusiasta y con ganas de salir adelante y aprender. Durante la semana
acudía a las clases nocturnas del colegio.
Le propusimos que colaborara en el dispensario parroquial y muy pronto
aprendió a hacer análisis de heces, lo que nos permitía, el mismo día
de atención al paciente (domingos por la mañana), conocer el resultado
de los mismos y poner el tratamiento adecuado. Cuando pienso en los métodos
y medios tan rudimentarios de los que disponíamos y lo eficaces que
resultaban para atajar algunos problemas graves de parasitismo no puedo
por menos que comparar las vueltas que hay que dar aquí para obtener un
resultado que, con suerte, puede ser el tuyo.
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Digna
con el grupo de catequistas. Es la segunda desde la izquierda |
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Un día me dijo que quería hablar conmigo. Lo hicimos. Con su sonrisa
habitual y un poquito de recelo me contó que estaba embarazada. El
enamorado era un evangelista. Era como si me estuviese pidiendo disculpas
por lo que le ocurría y por quién era el papá de la criatura. Le dije
que, a mi personalmente, lo que me importaba era que se quisieran y fueran
felices. Me dijo que había decidido ir a vivir con su papá (Félix) a
“la Nena” para no dar que hablar. Y allí se recluyó. La visité al
cabo de algunos meses. Fuimos Begotxu (Begoña de la Torre) y yo. Llevamos
algunas cosas para el bebé y para ella. La encontramos “piponita” y
bonita.
Digna sufría de preeclansia. Eso lo supe después. Las madres muy jóvenes
tienen un riesgo alto de desarrollar preeclansia. Esta enfermedad aparece
en mujeres con hipertensión o transtornos vasculares. Si no se trata
progresa de forma súbita a eclansia y es fatal. Pueden darse crisis
convulsivas o coma después del parto.
Si Digna hubiera tenido los controles médicos que yo tuve cuando estuve
embarazada de mi hija seguramente el resultado hubiera sido muy otro.
Pero Digna no era digna de tener esa atención sanitaria, quizá
porque tuvo la poca fortuna de no nacer en el lugar adecuado y en el monte
donde se ocultó, alimentó y conoció a su hijo en su vientre, pero no lo
llegó a ver. |
Giovanni,
ya de joven, con un sobrinito |
Digna entró en coma y murió en el hospital de Babahoyo. La velamos en su
casita de la “Campoelías”. Ella estaba en la entrada de la casa y
Giovanni (su hijito), todo enfajadito, dormía en la habitación contigua.
No recuerdo por qué el día del funeral yo estaba sola en la parroquia y
me tocó oficiarlo. Sé, y así lo recuerdo,
que lo pasé muy mal. Quise hacer algo bonito y no sé si lo logré.
Maura, su mamá, seguramente para despistarse de tanto sufrimiento, perdió
la “olla” y al tiempito fue a reunirse con Digna.
Giovanni se crió en “La nena” con su abuelo Félix después de la
muerte de Maura.
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¡
CÓMASE
LA GALLINITA!
Juan
Calos Pinedo
San
Isidro (Manabí) Ecuador
I
Tenía yo ese día una prisa endiablada, porque quería cumplir
todos mis objetivos. Ya estábamos a media tarde, eran las cuatro y media,
pero teníamos que llegar a San Isidro para las siete: nos esperaban para
una reunión. Tampoco me parecía bien dejar de visitar a esa familia tan
risueña, que parecía muy apropiada para entrar a la Comunidad eclesial
de base. Pero, entrar, saludar, invitar a la reunión y salir!. Nada más!.
El tiempo apremia. Eso iba pensando yo por el camino, mientras iba a la
par de Yolanda, una misionera más joven y más tranquila. Como ella era
peruana y conocía la forma de vivir, pensar y actuar del costeño, me ponía
una cara que podía entender yo como sí, pero que era no.
-
Señora!. Señora Katty!. Venimos a visitarles. Tenga cuidado con
los perros!
Esas casas del campo, aisladas, entre cafetales, necesitan de los perros
para avisar de cualquier llegada y para defender lo poco que se tiene. Por
eso, todo misionero debe llevar en su mano un palo que le ayude a dominar
a los perros que salen a pedir el carnet de identidad.
-
Pasen, pasen!. Suban hasta aquí arriba. Pensábamos que quizás no llegarían
a mi casita, tan lejos, porque se les ha hecho muy tarde. Ya que han hecho
el esfuerzo, vengan y descansen en esta casita de pobres.
Piquigua,
este pueblito, diminuto en el mapa, pero grande en el corazón, estaba
dando pasos acelerados hacia las Comunidades. Más y más familias jóvenes
se sentían atraídas por ese análisis de la realidad hecho desde los
pobres, con la Palabra de Dios, y que conducía hacia acciones liberadoras
comunes. Estábamos emocionados y queríamos que esa luz llegara a todas
las casitas sembradas en las lomas, entre los cafetales.
-
Nos vamos a quedar sólo un ratito, porque nos esperan en San Isidro.
Venimos a avisarle de la reunión del próximo y a dejarle las preguntas
que hay que contestar.
-
Cómo no!. Pero pasen y descansen un poco, que la loma ha estado
brava. Voy a ver si les puedo preparar cualquier cosita, mientras llega
Ramón, que todavía está trabajando. Llega, se baña y merienda con Vds.
Comiendo, se habla mejor y se dialoga con mayor sosiego.
-
Oiga, señora Katty. Es que no nos vamos a poder quedar a merendar,
porque nos esperan en San Isidro. Tenemos allí una reunión muy
importante y tenemos que llegar para las siete. Ya les hemos dado el
recado y nos vamos a marchar.
La
prisa. Ser eficaces. Cumplir todos los objetivos. ¿Dónde quedan las
personas?.
II
Es lindo que hayan llegado hasta aquí el padrecito y la madrecita.
Para una vez que llegan, no les voy a dejar marchar sin darles alguna
cosita para comer. Parece que están muy apurados, pero para eso están
mis hijos, para que les acompañen, les enseñen y me den tiempo para
coger, matar y preparar la gallinita que les voy a poner.
-
Fernanda!, Lucho!, vengan para aquí, dejen ya de jugar y atiendan a su
mamá!.
-
Aquí estamos, mami!. ¿Qué quiere que hagamos?
-
Vayan con el padrecito y la madrecita, les enseñan los cafetales,
el huerto medicinal, los chanchos y las gallinas, denme tiempo para que
vaya arreglando la gallina para la merienda.
Lucho
y Fernanda serán pequeños, no levantan dos palmos del suelo, pero saben
entenderme lo que quiero a la primera. Les han dado un par de besos, les
han cogido de la mano y ya les bajan a ver todo lo que hay alrededor de la
casa, hasta que llegue Ramón. El, como padre de familia, también tiene
que afrontar su parte para poder recibir como se merecen a estos
misioneros. Entre todos, haremos que esta visita no se les olvide nunca a
los misioneros. Somos pobres, pero lo damos todo!.
-
Enseñen también el camino a Nepe: por allí estará llegando su
papá, para que conversen con él.
-
Pierda cuidado, mami; la madrecita Yoli y el padre Juan Carlos van
a ver todo lo que tenemos; se lo vamos a explicar bonito
Que
vean todo, que puedan disfrutar de nuestra hospitalidad, que nos sientan
cercanos, que sientan latir nuestro corazón con ellos. Todo eso vale
mucho más que el tiempo!.
III
Ya son las cinco y nosotros estamos perdiendo el tiempo por estos
cafetales, dando vueltas y vueltas. Los niños son simpáticos, pero con
ellos no vamos a hacer la reunión. Yo quiero cambiar el mundo, caminar
hacia la liberación de los pobres, necesitamos hacerlo rápido, ¿qué me
ayuda para eso el conocer el café, el cacao, la yuca, las plantas
medicinales?.
Miro y remiro el reloj, para calcular cuánto me va a costar llegar a San
Isidro y cómo hacer más rápida esta visita. Lo que tenemos que eliminar
como sea es la merienda. En cuanto llegue Ramón, lo saludamos, le
invitamos a la reunión y nos marchamos. Que nos sientan cordiales y
cercanos, pero tampoco vamos a dejar otras cosas de hacer por estar
comiendo un arroz con gallina.
-
Padrecito, venga, que por aquí está la culebra que matamos el
otro día. Era grande, pero de ésas que no hacen nada.
-
¿Suele
haber serpientes por aquí?. ¿No les pican?
-
En estos cafetales hay cualquier cantidad de ellas, pero ya estamos
enseñados. Aquí está el huerto medicinal, que cuida mi mami con las señoras
del trabajo comunitario. Esta hierba de aquí cura las heridas y ésta
otra es para los riñones.
A
lo lejos se oye una gallina que cacarea, tratando de evitar que la coja
Katty. Y es que las gallinas tampoco son tontas: no se van a acercar a
deshora a la casa. Pero se ha acercado la dueña con unos granos de maíz
y les ha tendido la trampa: por querer comer un poco más que las otras,
una ha caído en manos de la cocinera. Ya hay gallina para los
visitantes!.
Me estoy imaginando la tarea que viene ahora: matarla, meterla en agua
hirviendo para poder pelarla rápido, despiezarla y ponerla a hervir.
Mucho trabajo para el poco tiempo que nosotros tenemos. Pobre gallina!, si
supiera que nosotros no tenemos ninguna gana de comerla... pero Katty
sigue empeñada en que no nos vamos de allí sin comerla.
Ya
tiene que estar llegando Ramón a la casa: son las seis de la tarde. Le
saludamos, sacamos cualquier disculpa y nos vamos, porque tenemos que
llegar como sea a la reunión de San Isidro. Sería el colmo que una
gallina, una pobre gallina, nos hiciera llegar tarde a una reunión que
consideramos importante.
-
Katty!. Ya hemos visto el huerto. Está muy bonito. Trabajan Vds de
maravilla. Ahora sí, ya nos vamos para llegar a tiempo a San Isidro.
-
Véale!. Ya llega Ramón por el camino. Quiere hablar con Vds
despacio para proyectar los trabajos comunitarios de invierno. Siéntesen
y no pongan esa cara de velocidad!.
Ya
comienza a oler por toda la casa a gallina hirviendo. De esta no nos
salvamos. Pues comemos lo más rápido que podamos y salimos, porque lo
primero es lo primero. Hay que escuchar, atender, vivir con el pobre, pero
tampoco nos vamos a eternizar en cada casa.
IV
Estos hijos
míos son una joya. Mientras los han llevado y traído, ya está casi la
gallina a punto. Cómo se van a ir el padrecito y la madrecita de nuestra
casa sin probar un bocado. Reuniones hay todos los días, por cualquier
parte, pero poder recibirles aquí, en mi casita, sólo pasa de vez en
cuando. Los padrecitos y madrecitas son bravos, se ponen molestos, pero
hay que saber darles la vuelta: nunca enfrentarse a ellos de cara; saber
endulzarles bonito. Y de eso las mujeres del campo sabemos mucho. Les voy
a ir hablando desde la cocina hasta que llegue mi Ramón, para mantener la
atención.
-
Madrecita!. ¿Cómo ha visto el huerto comunitario medicinal?.
Hemos puesto otras plantas, no son sólo las que había la otra vez que
vino
-
Ya me he dado cuenta, pero ¿ya lo atenderán entre todas?
-
Bueno, ahora estamos flojeando un poquito por las enfermedades,
pero enseguida nos ponemos todas a ello.
Ya, ya, el arroz a punto y la gallina un poco cruda, pero suficiente. El
plátano ya se termina de asar y sólo me falta de hacer un jugo. En cinco
minutos, todos a la mesa. Iremos, iremos a la reunión del domingo en San
Isidro, con la alegría de haber recibido a los misioneros en nuestra
casita y haber podido darles un bocado de comida.
-
Adelante, padrecito, madrecita, ya están los platos listos. Ramón,
acompañe a los misioneros en la mesa, aunque no coma todavía, porque no
se ha bañado.
-
Aquí estamos, Ramón, un poco apurados, porque nos esperan en San
Isidro, pero hemos esperado a que llegara Vd y a que se hiciera la
gallina.
-
Sírvanse, sin vergüenza, que aquí están en su casa. Y si está
un poco crudo el arroz o la gallina, dispensen, porque es por el apuro que
Vds le metieron a Katty.
Ahora sí, ya se pueden marchar tranquilos a San Isidro. Yo me quedo aquí,
en el campo, perdida en estos cafetales, pero sabiendo que nos quieren,
que están cerca, que tienen otra manera de pensar, que su tiempo es oro,
pero que lo han sabido perder hoy por estar al lado de una familia pobre,
en una casita de caña.
V
Y ahora, de
noche, a correr por estos barros, pasando estos riachuelos. Si hubiéramos
bajado de día, lo haríamos con mayor comodidad y no tendríamos que
empezar con explicaciones al llegar tarde a la reunión de San Isidro.
Vamos tropezando a cada paso, yo que de noche no veo tres en un burro.
-
¿Qué te parece, Yolanda?. ¿Hemos hecho bien en esperar la
merienda?
-
Me parece que Vd tiene que seguir aprendiendo mucho todavía de los
pobres. Más vale el cariño de esta casa y la gallina que nos han
brindado que todas las reuniones del mundo. Está bien que corramos, que
nos apresuremos por aquí, pero no hubiera estado nada bien marcharnos sin
probar y agradecer la gallina y el arroz de Katty.
-
Pero es que, en nuestras prioridades, las reuniones son mucho más
importantes que las visitas y las comidas.
-
Pues
tendremos que cambiar las prioridades, porque estar cerca de los pobres,
escucharles, vivir y comer con ellos es lo fundamental para poder
emprender caminos de liberación. La mucha prisa trae cansancio y no se
logra nada.
La gallina, la gallina de Katty tiene su moraleja. Correr mucho, intentar
quemar etapas para hacer más cercana la liberación trae cansancio. Ir
despacio, al ritmo de los pobres, escuchando y amando abre espacios a la
utopía. Gracias, Piquigua!, Gracias, Katty, Ramón, Lucho y Fernanda!,
Gracias, Yolanda!, porque vamos entendiendo que Dios ha revelado las cosas
grandes a los pequeños.
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José Antonio Chávarri
Huaquillas, El Oro (Ecuador)
- Chuta,
de nuevo tenemos espectáculo
Es
lo que pienso mientras limpio el cáliz tras la comunión de la misa de la
noche; observo a la gente, todos están disfrutando como cosacos, distraidísimos,
mirando hacia el lugar del santísimo. El sagrario queda a mi derecha, y justo
la nariz me impide mirar, es uno de los inconvenientes de ser tuerto del ojo
derecho, tienes que voltear toda la cara y torcer feamente el cuello si quieres
enterarte de algo. Lo hago brevemente, durante un segundo.
-
Por Dios, la gente sí que está entretenida
Murmuro
quedamente mientras repaso mentalmente lo que he visto, no es mas que una
humilde señora, medianamente avanzada en edad, aunque no te puedes fiar por las
apariencias, siquiera tiene sus buenos cincuenta años, está arrodillada ante
el sagrario, y con una vela que tiene en la derecha se está sobando todo el
cuerpo, especialmente, por lo poco que he podido alcanzar a ver, las partes que
más consideramos, que dice San Pablito.
Solito
me caliento pensando que los movimientos espiritualistas están consiguiendo, en
cuanto al amor por la eucaristía se refiere, hacernos regresar a las prácticas
anteriores al Concilio: algunos, en cuanto comulgan, en vez de regresarse a su
puestito y seguir tranquilos la misa, se acercan al sagrario, se arrodillan en
el duro suelo y piadosamente enristran rezo tras rezo mientras la misa sigue su
curso al margen de ellos.
Son
mis pensamientos y más me enciendo; ya es el tiempo de dar los avisos, me
aclaro la garganta carraspeando, cojo el micrófono, me volteo un tanto hacia el
sagrario para que los fieles estén bien seguros de contra quien van las puyas
que empiezo a declamar y la emprendo contra la buena señora y lo que representa
de vuelta a las catacumbas:
-
Miren ustedes, debemos acostumbrarnos a respetar la eucaristía de principio a
fin, no es bueno que después de comulgar nos desentendamos de la eucaristía y
nos vayamos ante el sagrario a desarrollar nuestras prácticas piadosas
individuales, eso está muy bien pero hay que postergarlo para después de que
termine la misa, etc.,etc.,
Yo
sigo caliente con el espectáculo que está dando la señora, ahora que me he
medio volteado, veo mucho mejor lo que hace: primero se pone de pié y se acerca
al sagrario, extiende la mano y hace pasar la vela por las puertas sobándolas y
luego, con esa misma vela, se soba todo el cuerpo sobre todo sus partes bajas.
A
trompicones terminamos de esta guisa la eucaristía y cuando ya estoy en la
sacristía desvistiéndome, sorpresa:
-
Padrecito, no sea malito, quiero conversar con usted unas pocas palabras,
necesito que me de un consejo y que me confiese
¡Tierra
trágame!, ¡la señora de la vela!. No está ni siquiera medio enfadada
conmigo, al contrario, me mira con cariño y ansiosa de que en verdad le pueda
ayudar con consejo y confesión, se me pasa el calentamiento con ella y le digo
de buenas maneras que tome asiento y que le escucho con atención
-
Mire usted padrecito, necesito que usted me de un consejo, yo estoy bien
enferma, usted me ve bien parada aquí, pero solo la cuchara sabe el mal de la
olla, tengo un tumor en el útero y creo que ya se me está regando, yo le pido
a Diosito que me devuelva la salud, por eso he venido a ofrecerle estas velitas
para que si él quiere curarme que lo haga, pero no es de eso de lo que quiero
hablarle
-
Dígame no más con toda confianza
Mientras
habla y desgrana sus males físicos y espirituales me miro por dentro analizándome
y me doy perfecta cuenta de cuán imbecil soy, desde mis tonterías litúrgicas
yo juzgando y condenando públicamente a esta señora por su mal comportamiento
litúrgico, y lo que la señora necesita es salud y escucha, en fin, si antes el
rostro se me encendió de ira, ahora el calor que siento en la cara es sólo la
vergüenza del arrepentimiento
-
Es que mire, padrecito, yo me gano la vida rebuscando entre la basura, ahora me
ha dado posada una señora por la vía a La Guada, cerca del basurero, y vea
usted, sospecho que ella me enreda en mis cosas, ella mismo cuando me dio posada
me dijo:
-
Aquí puede usted dejar todas su cosas que nadie la molestará, y aquí tiene un
candado para que pueda dejar enllavada su pieza
Eso
me dijo, padrecito, pero la verdad es que yo las cosas que tengo siempre las
encuentro medio revueltas y sospecho que es ella, claro que no tengo muchas
cosas y lo que encuentro en la basura apenas vale, pero son mis cosas y me da
sentimiento que me estén rebuscado a mis espaldas
-
¿Y cómo sabe usted que es esa señora, la que le dio posada, la que le enreda
en sus cosas? Parecería que la señora es de buenos sentimientos, si le ha dado
posada, no es para que usted ande sospechando de ella
-Ah
padrecito, pero es que usted no conoce todo, verá, el otro día me invita a ver
televisión, la casa no es grande, apenas su pieza y la mía, y la televisión
está en su pieza, así que estábamos sentadas en su cama porque no hay otros
muebles, y ella medio tumbada, veo que está embobada mirando la novela, y de
pronto observo que tiene en la mano una piolita y algo atado a ella, ¡chuta,
padrecito!, me fijo mejor ¿y a que no sabe usted lo que tiene atado a la
piolita?
-
Sí, sí, dígamelo
-
Una llave, sin darse cuenta de lo que hace por estar viendo novelas está
jugando con ella, y zás, pensé en ese instante:
Esa es la llave del candado de mi pieza.
Y
padrecito, ¿qué cree que pude hacer en ese rato?. Nada, porque ¿a dónde me
voy si peleo con ella? Sólo tengo un hijo que vive por el Oriente y ni siquiera
sé muy bien su dirección y yo enferma, así que ahí estaba yo, sentadota en
medio de la cama, haciéndome la cojudita, padrecito, sin darle a entender que
ya le había pillado con la llave del candado de mi puerta.
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UNA
BELLA HISTORIA DE AMOR
Pili
Larizgoitia
Quevedo,
Los Ríos (Ecuador)
Estaba la mañana desperezándose, todavía se encontraba cubierta la cima del
Chimborazo de una niebla que no dejaba ver toda la majestuosidad de sus nieves.
La noche estrellada había dejado paso a una mañana llena de nubes donde el sol
quería abrirse camino para extender sus rayos y dar calorcito a la tierra de la
Comunidad San José, tierra ambateña en la cual me encontraba.
Estaba haciendo la misión en la provincia de Chimborazo con Rosita. Cada día
nos venían a buscar para darnos el desayuno, el almuerzo y la merienda en
diferentes casas de la Comunidad. Aquella mañana vino una señora a buscarme a
mi sola, Rosita había tenido que dar una vuelta a la casa y no iba a regresar
hasta la tarde, yo había quedado en ir a casa de la catequista, Betty, a echar
una mano en los preparativos de la boda del hermano mayor, que celebrábamos al
día siguiente. De repente me encontré sentada en una mesa con un tremendo
desayuno a mi disposición. Nos encontrábamos ya en los últimos días de
estancia en la comunidad. Las familias, como siempre, habían sido generosas y
estábamos muy bien alimentadas, así que ya me encontraba con un medio empacho
de tanta comida. Me disponía a degustar despacio aquel desayuno completo y
comenzamos a conversar de la boda del día siguiente y de lo jóvenes que eran
la pareja. Se creó entre las dos un ambiente muy cálido y cercano, yo estaba a
gusto, disfrutando de su conversa y empezó a contarme una bella historia de
amor, que era su historia.
Betty y su marido habían nacido en aquella Comunidad y se habían enamorado
pero la familia de él no quería que se casasen, le habían encontrado ya otra
señorita más acorde con su condición económica y social. Betty no quiso
interponerse y se fue a Quito a trabajar en casa de un médico con su señora,
en las labores del hogar y cuidando a los hijos. Ella prácticamente no salía
de la casa a divertirse, lo único que hacia era trabajar. Pasaron algunos años
y en unas fiestas de Quito, la señora de la casa la animó a salir a pasear con
alguna amiga. Se dirigieron a la Plaza de Toros de Quito que había fiesta y al
bajar del autobús vio a su antiguo enamorado, ella seguía queriéndole, y se
pegó tal susto que quiso marcharse a casa pero le animaron a que se quedará.
Él también la vio al momento y se dirigió hacia ella. Le contó cómo sus
familiares le habían hecho casarse con la otra señorita pero que la dejó
porque la quería a ella. Las personas de la Sierra tienen la costumbre de
casarse primero por lo civil y luego por la iglesia. Sólo se había casado por
lo civil con la otra señorita. La había buscado y al fin se habían
encontrado. Se casaron y volvieron a la Comunidad San José.
En todos los años que llevaba de matrimonio él había sido celoso, borrachoso,
había estado enfermo, etc. Betty le había ayudado a superar todo. Cuando venía
borracho, ella le hablaba y le hacia ver que ése no era un buen camino para él
y que no era un buen ejemplo para sus hijos e hija. Cuando cayó enfermo, le
ayudó a superar la enfermedad y a que dejará la bebida que era lo que le había
llevado a la enfermedad. Cuando le venía con celos, ella le quitaba de la
cabeza esos cuentos que le metían los vecinos que no les querían. Ahora Betty
decía que él había cambiado. Tenían tres hijos, dos varones y una mujercita
y ella les conversaba sobre la vida, sobre la necesidad de no casarse tan jóvenes
y de casarse con la persona querida.
Betty era el soporte, el pilar de aquella familia como tantas mujeres
ecuatorianas y latinoamericanas y me lo estaba contando con una sencillez
apabullante, ellas han nacido para eso, para amar, aguantar, soportar, sostener,
dar ejemplo, ayudar, reprender, etc. Cuando estoy escribiendo este relato lo
tengo tan fresco como si hubiera ocurrido ayer, yo enfrente de ella en su
cocina, ella, de vez en cuando, animándome a seguir comiendo, yo embelesada por
su testimonio, admirándola en ella a todas, acordándome de todas, disfrutando
de su compañía, sintiéndome unida con ella a todas esas mujeres valientes y
fuertes que con su trabajo y con su estar con los varones y con las familias
sostienen las comunidades cristianas y en definitiva sus países. En el abrazo
que nos dimos al despedirnos, estaba abrazándolas a todas, agradeciendo todo lo
que han compartido conmigo y todo lo que me han enseñado en el tiempo que he
pasado en Ecuador.
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